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La exploración submarina: bajar donde nadie puede bucear

Batisferas, batiscafos, sumergibles y robots, y cuánto sigue sin explorarse

Un buceador recreativo llega a cuarenta metros. Un buzo de saturación, a unos cientos. La profundidad media del océano supera los tres mil, y su punto más hondo pasa de los diez mil. Para casi todo el océano, bucear no es una opción: hay que ir dentro de algo.

En este artículo vas a ver cómo se exploró la parte del océano donde no se puede bucear, desde las primeras esferas colgadas de un cable hasta los robots actuales, qué descubrimientos cambiaron nuestra idea de la vida, y cuánto queda todavía por mirar.

Es el contexto que da escala a todo lo demás de esta enciclopedia: el buceo ocupa una franja finísima de la columna de agua, y lo que hay debajo se conoce mucho peor que la superficie de otros planetas.

Las primeras esferas

La primera solución para bajar de verdad fue no intentar respirar el gas del exterior: una esfera de acero con presión interior atmosférica, colgada de un cable desde un barco. En los años treinta, la batisfera de William Beebe y Otis Barton descendió por encima de los novecientos metros con dos personas dentro.

Las observaciones de aquellos descensos fueron sorprendentes para la época: bioluminiscencia abundante, organismos desconocidos y la confirmación de que la zona sin luz estaba densamente habitada, algo que el muestreo con redes no había podido mostrar.

El problema del cable es evidente: la esfera no puede moverse ni bajar más de lo que aguanta el propio cable. La solución llegó con el batiscafo, un vehículo con flotabilidad propia basado en un flotador lleno de un líquido menos denso que el agua y lastre desprendible.

En 1960, el batiscafo Trieste, con Jacques Piccard y Don Walsh a bordo, alcanzó el fondo de la fosa de las Marianas, por debajo de los diez mil metros. Fue el punto más profundo alcanzado por seres humanos y no se repetiría hasta décadas después.

Ese descenso resolvió una pregunta que estaba abierta: sí, hay vida en el punto más profundo del océano. La presión, allí, supera las mil atmósferas.

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